La Historia De Mis Greñas Necias

Hace unos años cuando yo me criaba, la moda era muy diferente a lo que vemos hoy día. Bueno, quizás no taaan diferente, pero no era igual que ahora. Esto era en la década de los 90’s y tener el pelo rizo cuando vives en la isla más hermosa del Caribe… La Isla del Encanto, Puerto Rico, donde la humedad es aproximadamente el 200% casi todo el año porque “es una isla, rodeada por un océano; un gran océano, con mucha agua de océano…” solo podía significar una cosa: pelo desgreñado y “frizzy” todo el año.

Mi mamá siempre trataba de domar mi pelo estirándomelo ya fuera con el secador de pelo o “blower”, rolos o el famoso “dubi” que es una forma de envolver el cabello alrededor de la cabeza para que se aplane o se alise. Esto, combinado con que tengo una cantidad exorbitante de cabello en mi cabeza y añadiéndole el factor humedad resultaba en que yo terminara siendo el payaso Bob Patiño.

Recuerdo que durante mis primeros años de escuela elemental siempre soñaba con tener el pelo muuyy largo y lacio porque mi mama me lo cortaba muy cortito para no tener que batallar conmigo tratando de desenredarlo o peinarlo. Entonces, yo me ponía las enaguas negras… (Juaaatt!!! ¿Hace cuánto tiempo no escuchabas esa palabraaaa? ENAGUAS) de mi mama en la cabeza y jugaba a que movía mi “pelo” largo.

Luego en el 4to grado decidí dejarme crecer el pelo y tomar control sobre la situación. De ahora en adelante yo estaría a cargo de peinarme y cuidar de mi cabello. ¡Ajá! Se pueden imaginar cómo me fue; ¡¡¡EPIC FAIL!!! ¡Especialmente el DIA DE LA FOTO ESCOLAR! Todavía deseo poder quemar y desaparecer todo rastro y cada uno de los ejemplares de nuestro anuario de la escuela del año 1989. No sé qué estaban pensando en la escuela cuando decidieron sacarnos la foto luego del recreo y tampoco sé que estaba pensando cuando decidí “arreglarme” el pelo para la foto SIN hacer uso de un espejo. Todo lo que puedo decir es que me alegro de que no me vio un águila porque hubiese confundido mi pelo con su nido.

Luego en séptimo grado… ¡AY SAAANTO! El séptimo grado fue muy duro… o sea, las hormonas todas locas, pavera (risería) las 24 horas los 7 dias de la semana, encontrar el hombre de mi vida, saber que él nunca sabría que yo lo amaba, saber que me moriría si él se llegaba a enterar de que yo lo amaba… ya saben… toda una novela. Bueno, pues para hacer mi complicada vida un poco más miserable, una mañana, el “blower” se quemó mientras lo estaba usando para estirarme los flecos. Esto desató una serie de eventos de los cuales todavía me da vergüenza hablar, pero lo haré por propósitos académicos y para ayudar en la sanación de mi corazón.

Pues, estoy usando el “blower” como lo hacía cada mañana, simplemente tratando de estirar mis flecos. Los flecos pueden ser un dolor de cabeza por diferentes razones pero en mi caso por 3 razones específicas: 1. Yo vivía en Puerto Rico (recuerdan el 200% de nivel de humedad), 2. El pelo rizado, 3. El hecho de que casi no tengo frente y la frente es lo que se supone que los flecos cubran. Bien, pues estaba yo estirándome los flecos, el blower prendido “wuuusshhh” y de pronto aquella cosa empieza a hacer unos ruidos extraños y empieza a oler a goma quemada. Así que lo despego de mi cabeza y lo miro y entonces echa una chispa de fuego y deja de funcionar.

Si alguna vez has visto la película: “’The Color Purple” recuerdas la escena donde las dos hermanas son separadas? Así mismo fue que lloré esa mañana. El momento de decirle adiós al "blower" fue tan doloroso y frustrante, que mientras lloraba desgarradoramente, yo misma me pegué en la cabeza con el cepillo que estaba usando y ahí fue que mi mama me hizo como en la escena de los ganchos de alambre de la película “Mommy Dearest”.

Ni siquiera recuerdo como me fue el resto del día, pero sé que no quería ir a la escuela porque mis flecos no quedaron “bien”.

La peor parte de todo esto es que antes de ese día, cuando todavía el “blower” estaba vivo, yo me estiraba los flecos y me quedaban muy bien (a mi parecer) pero en el momento en que ponía un pie fuera de la casa, era casi como si agarrara los flecos y los “dippeara” o los metiera en agua y algún tipo de activador de rizos. Horrible… créanme.

De todos modos, con la partida del “blower”, mi mama fue lo suficientemente sabia y consiguió otro… y la vida continuó.

Este pelo problemático, combinado con mi peso (que siempre ha estado del lado gordo) me creó problemas de autoestima. Yo era, sin lugar a dudas, LA MáS FEA de las chicas que existía en toda la tierra. Entonces, en el verano antes de entrar a octavo grado, conocí a mis nuevos tres mejores amigos: el alisado, el gel de pelo, y el difusor del “blower”. Finalmente, podía tener flecos lacios y rizos verdaderos en vez de pelo desgreñado y “frizzy”… y la vida cobró un nuevo significado.

Ahora como adulto veo que Dios tiene un gran sentido del humor. Mis hijas tienen el pelo que yo siempre soñé tener… ¡Lacio! Bueno, ¿pues adivinen quién ya no es tan fanática del pelo lacio ahora que le toca peinarlo todos los días? Exacto. Yo.

Me tomó todo ese tiempo hacer las paces con mi pelo, aceptarlo como es y aceptarme como Dios me hizo. Sé que todavía hay áreas de mi vida que necesito mejorar. Todos tenemos áreas en las que necesitamos mejorar, crecer, madurar, pero no olvidemos nunca que a pesar de lo que veamos en el espejo, o de lo que la gente vea, Dios nos ama y cada vez que él nos mira, lo que ve es su perfecta creación.


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