La Verdad es eso mismo... ¡La Verdad!

Cuando era una niña mi mamá se la pasaba regañándome cada vez que hacía un comentario frente a la gente. Mis comentarios eran muy inapropiados, como hacen todos los niños, pero ni fue hasta que fui madre que entendí el verdadero “por qué” de los regaños.

El problema era mi gran boca… cada vez que la abría era para meter la pata y hacía que mi mamá quisiera enterrar su cabeza en la tierra como un avestruz.

La mayoría de estos eventos no los recuerdo, pero cada vez que tengo un evento parecido con mis hijas, recuerdo a mi mamá y pienso que debe estar a carcajadas mirando esta comedia desde el cielo. Y es que mis hijas pueden hacer los comentarios más pesados o inapropiados que uno se pueda imaginar y a la vez decirlos con la mayor naturalidad y cotidianidad que pueda existir.

En una ocasión estaba en la fila del supermercado esperando mi turno para pagar y frente a mi había una señora. La señora era quizás de entre unos 50 o 60 años. Ella estaba mirando a mis niñas que estaban en el carrito de compras y quiso buscarles juego. Y justo en ese momento, mi hija mayor dijo: “I can’t talk to you because I’m scared of black people” que traducido sería: “No puedo hablar con usted porque le tengo miedo a las personas negras.”

Para empezar, creo que se me cayó un pedazo de cara allí mismo en el piso y pegó tan duro que hubo que despegarlo con una pala para sacarlo.

Por supuesto que la señora era negra, pero el punto es que en mi casa nunca hemos hecho comentarios negativos de alguien por su físico y mucho menos por el color de la piel. Mi esposo y yo venimos de un país que en su mayoría no tiene ese tipo de prejuicios porque la cultura nos une más allá del color de la piel. Y aun los que sí tienen este tipo de prejuicios, no lo andan venteando a los cuatro vientos; son más bien un tabú.

Luego de los micro segundos que me tomó reaccionar (los cuales parecieron una eternidad) le pregunté a mi hija: - “¿Qué dices? Eso no es cierto. ¿O acaso le tienes miedo a tus maestras Ms. Branch, o Ms. Howard? Ellas son negras. ¿O me vas a decir que le tienes miedo a tu amiguita Riley? Porque tu juegas con ella todas las tardes sin ningún problema y ella es negra.

La señora sabía que la niña estaba diciéndolo por decir algo y no porque fuera cierto o porque eso fuera lo que le estamos enseñando y me dijo que no me preocupara. Pero yo necesitaba que mi niña entendiera que eso no estaba bien, primero que todo porque no era cierto que le tuviera miedo a la gente negra y segundo porque la señora solo estaba tratando de ser amable con ella. Así que le agradecí a la señora su candidez, pero también reprendí a mi niña porque cualquier comentario que no sea cierto ni siquiera debería estar en nuestra mente, y no debemos ser groseros ni hacer a otros lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.

Gracias a Dios no hemos tenido (y espero que no tengamos) otro evento como este. Ahora, si hemos tenido que seguir trabajando con las mentiras porque cada vez que mis niñas se ven en aprietos recurren a las mentiras para tratar de zafarse de las consecuencias.

Entonces el año pasado me pusieron a mí a prueba con el mismo tema.

Aparte de las mentiras tradicionales como lo son Santa Claus, Los Reyes, el ratón de los dientes etc. tratamos de no decirle mentiras a nuestras hijas. Siempre hago el mayor esfuerzo por no decirles mentiras porque necesito que puedan confiar en mí.

Eso no quiere decir que les digo todo. Hay cosas y partes de su historia que todavía no conocen porque no es el momento adecuado y cuando la información sea requerida por parte de ellas, evaluaremos si están preparadas para recibir la información para entonces poder dársela.

Bueno, pues el año pasado fui puesta a prueba con el manejo de la verdad en una situación particular.

Cuando me quedé sin trabajo no quise comentárselo a mi papá porque él es muy presto a dar su opinión y conociéndolo sabía que me iba a montar un interrogatorio/predica de por qué tomé esa decisión, que por qué no esperé a tener otro trabajo, que eso es una locura etc. Así que les pedí a mis hermanos que se reservaran la información para yo poder dársela luego en el momento que considerara que fuera más pertinente.

Entonces en noviembre del año pasado, cuando ya llevaba un mes y medio sin trabajo y haciendo “homeschool” con las niñas, supimos que mi papá vendría desde Puerto Rico junto con mi hermano mayor y su familia, a pasar las navidades con nosotros. Y ahí, pensé: “Si se va a quedar en mi casa, se dará cuenta de que no estoy trabajando.”

  • “Bueno, pero quizás no se dé cuenta porque para esa fecha los maestros están libres.” – Dijo mi esposo.

  • “Pero una de las niñas lo va a decir: ‘mi mamá no tiene trabajo y nos está haciendo “homeschool”.

Entonces quedaba solo la opción de decirle… a menos que entrenara a las niñas a que no dijeran nada (y corrernos el riesgo de que le preguntaran “¿cómo vas en la escuela?”); o más bien entrenarlas a mentir.

¿Pero luego con qué cara les pido que no me mientan? ¿Cómo por un lado voy a decirles que me digan la verdad y por otro les digo que le digan una mentira a su abuelito?

Así que tocó el momento que tanto había pospuesto y con temor y temblor le hablé por teléfono y le conté a mi papá. Le dije que ya no estaba trabajando, las razones por las que tomamos la decisión (que fueron razones serias), que lo pensamos y oramos mucho antes de tomar la decisión, que no había querido preocuparlo pero que todo estaba bien etc.

Entonces cerré los ojos (como cuando los cerrarías si estas en un juego de pelota y ves que la pelota viene en dirección a tu cara) esperando que comenzara la pelea por teléfono: ¿Cómo haces eso así? ¿No ves que ustedes necesitan pagar sus cosas y tienen dos niñas? ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Por qué no te fuiste a otra escuela? ¿Por qué no cambiaste a las niñas de escuela y te quedabas trabajando? Todas las preguntas que ya me imaginaba…

Y estas fueron sus palabras: “¡Pues muy bien! Así es mejor porque ahora tú te dedicas a enseñarles a esas niñas y van a aprender muchísimo más contigo que en la escuela.”