Dios está cerca de ti



En octubre de 2009 mi esposo y yo decidimos someternos a un tratamiento in-vitro debido a los muchos problemas y dificultades que yo tenía que no me permitían quedar embarazada. Fue un proceso largo, emocionalmente drenante, y básicamente una montaña rusa emocional. Luego del proceso de la fertilización el médico me implantó 3 embriones ya que mi porcentaje de probabilidad de quedar embarazada era 33%. Mi fe era inquebrantable (pensaba yo). Tanto así que ni siquiera pensé en qué pasaría si no funcionaba el tratamiento. Solo fui con el saquito de ganar y estaba segura de que quedaría embarazada. Cuando a las 2 semanas me llamó el médico para darme la noticia, estaba tan emocionada que casi no comprendí lo que me estaba diciendo. Era como si mi corazón y mis deseos estuvieran en otra emisora radial, mientras que mi mente estaba en esta emisora que me decía que lamentablemente, el tratamiento no había funcionado. No estaba embarazada. Todavía lo recuerdo y se me arruga el alma.


Llamé a mi esposo, a mi mamá que estaba super al pendiente de todos los detalles del tratamiento y lloró conmigo por el teléfono y me habló y me confortó. Al llegar a casa me tiré en mi cama con mi esposo y abrazados lloramos amargamente hasta ya no tener lágrimas. Sentía literalmente que se me desgarraba algo en el pecho. Era difícil respirar y casi imposible parar de llorar.


En medio de esa situación, pude ver como Dios estaba a mi lado porque al día siguiente ya me sentía un poco mejor emocionalmente; pero físicamente comenzó un calvario que terminó 3 años más tarde cuando me operaron para hacerme una histerectomía completa. Y con esa operación se fueron todos los dolores que me atormentaban, pero a la vez se fueron también todas mis esperanzas y mi sueño de poder tener un hijo biológico.


Pero Dios estaba conmigo y pude ver su mano, cuando en medio de toda esa super prueba que me afectó físicamente, y a la vez me arrebataba de las manos un sueño que era algo tan normal y a la vez tan increíble e inalcanzable, pude sentir una paz inigualable. Una paz que yo nunca había experimentado. Entonces, aunque no entendía por qué, o por qué a mí me tenía que pasar esto, me sometí a la operación y no dudé que estaba haciendo la voluntad de Dios.


Poco antes de la operación mi mamá viajo de Puerto Rico hasta Texas para estar conmigo y me cuidó como lo hacía cuando yo era una niña. Con la misma ternura y dulzura, me ayudaba a bañarme y a vestirme, y estuvo conmigo 1 mes completo hasta que ya tuvo que regresar a Puerto Rico para volver a su trabajo. Se fue el día 3 de noviembre de 2012. De todas las veces que mami me vino a visitar y me tuve que despedir de ella, esa fue la única vez que lloré sin consuelo. Mientras lloraba, mi esposo me consolaba y me decía: “Tranquila, que en el verano vamos a Puerto Rico y allá la verás.” Y yo me decía lo mismo en mi mente pero no podía parar de llorar. Era como si yo supiera que mi corazón guardaba un secreto y no me lo quería decir.


El 3 de diciembre llamé a mami temprano en la mañana mientras ya iba de camino a trabajar. Era mi primer día de trabajo luego de 6 semanas fuera convaleciendo por la operación. Cuando contestó el teléfono me dijo llorando que se sentía muy mal y que se estaba preparando para ir al hospital. Era lunes y yo sabía que ella había estado sintiéndose muy mal desde el sábado. Tenía (según ella) una gastritis severa provocada por unos antibióticos. Me pidió que orara por ella y le dije: si, voy a orar por ti… bendición. ¡Te amo! Y si, le pedí a Dios que la sanara, pero esa fue la última vez que pude hablar con ella. Al día siguiente a las 2:00 pm me llamó mi hermano para decirme que mami estaba en unidad de cuidado intensivo, entubada y que el medico dijo que debíamos buscar pasaje para ir a PR de emergencia. Se me nubló el mundo. Todavía recordarlo me hace que literalmente me duela el pecho.


Como 3 horas después recibí la llamada que nunca imaginé que recibiría. Mami, no lo logró. Se me fue al cielo con tan solo 57 años.


En medio de toda esta pesadilla, llegamos a Puerto Rico y entrar a casa de mami y que ella no estuviera era demasiado. Esa misma noche que llegué hice una oración a Dios. La hice en voz alta junto a mi esposo. En esa oración le reclamaba a Dios; por qué, si yo te doy mis talentos, mi tiempo, mi vida, mis diezmos y ofrendas, por qué has permitido que llegue tanta pérdida a mi vida; mis 3 bebés en el in vitro que no funcionó, ¡mi sistema reproductivo y con él toda posibilidad de tener un hijo biológico y ahora mi mamá… ya yo me siento como Job… quítame el guante de la cara! Y tengo coraje contigo, pero yo no me voy a quedar enojada contigo porque yo sé quién Tú eres y esto no va a hacer que yo deje de alabarte y adorarte. Pero por favor, ya no aguanto más, dame un break.


Fue una oración de desahogo de mi frustración. Y sé que Dios no se ofendió porque Él puede manejar mi frustración.


Esa oración me llenó de paz… una paz aún mayor que la que ya había sentido en medio del in vitro y la operación. Una paz que me dejaba anonadada y me hacía pensar que en algún momento iba a quebrantarme durante el velorio o el entierro de mi mamá, pero no fue así. Me dio la fortaleza para cantar en el servicio funeral y me mantuvo fuerte en todo el proceso.


Al salir del cementerio, Dios me permitió ver un número que me he venido encontrando en muchos lugares desde hace más de 10 años. El número 1234… eran las 12:34 pm cuando manejamos atravesando la salida del cementerio. Y en ese momento sentí como si me estuviera diciendo: “¿Ves este número que te vengo enseñando hace tantos años? Sé que nunca imaginaste que este número sería la hora exacta a la que saldrías de dejar a tu mamá en el cementerio. Yo te escuché porque he estado a tu lado todo este tiempo, y yo sé por qué ha tenido que ser así. Ahora más que nunca, confía en mi… verás mi gloria y te daré más de lo que imaginas o puedes entender. Ahora es que me verás y sabrás quien soy. Oh, y tranquila, por tu mamá no te preocupes porque bien sabes que está conmigo y no hay mejor lugar. ¡Te amo, hija!”


“Cercano esta Jehová a los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu.” Salmos 34: 18


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